+1 (516) 859-3362 | oficina@iglesiacasadepaz.org

El apóstol Pablo da el título de Padre de misericordias y Dios de toda consolación a nuestro Padre celestial.

A través de este nombre percibimos el carácter misericordioso y compasivo del Dios que engendra obras de misericordia.

Otra forma de comunicar ese atributo divino sería describirlo como el MANANTIAL de todas las compasiones.

De la naturaleza misma de Dios emana un amor que es eterno, incondicional y desbordante.

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.” (2Co 1:3-4, LBLA)

Recordemos que en el libro del profeta Miqueas dice que Él se deleita y complace en hacer misericordia. Nos perdonó y sepultó nuestros pecados en el fondo del mar.

DIOS DE TODA CONSOLACIÓN.

En todo problema, angustia o tribulación Él puede y quiere manifestarse en nuestra vida.

Muchas veces Dios hace y permite cosas que para nosotros no tienen sentido, no las entendemos.

“Y te acordarás de todo el camino por donde el SEÑOR tu Dios te ha traído por el desierto durante estos cuarenta años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos.” (Deu 8:2, LBLA)

Permite el dolor, la prueba e incluso la adversidad para revelar lo que hay en el corazón.

El proverbio nos dice que debemos guardar el corazón porque es la fuente de las consecuencias de la vida.

CONSOLAR A OTROS.

Una vez experimentado el consuelo de Dios, somos aprobados para poder consolar a otros. Alentar, amonestar, animar, confortar, consolar, exhortar, exigir.

Todo dolor, angustia y sufrimiento que se presenta a nuestra vida es confortado por el Dios de toda consolación.

Nuestro Dios concede derecho a las adversidades de afligirnos.

Pero Dios también usa el dolor para transformarnos a la imagen de Cristo para bendecir a otros.

De esta forma podemos tener empatía con otros, empezamos a sentir como Dios siente.

Él se compadece de nuestras debilidades.

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.” (Heb 4:15-16, LBLA)

Nuestro sumo sacerdote se compadece de nosotros porque fue tentado en todo.

Él tiene empatía con cada uno de nosotros, Jesús se pudo poner en nuestros zapatos.

La misma consolación que recibimos es la que impartimos a otros. El mismo consuelo que recibimos de Dios es para ministrarlo a otros.

Vestiduras De Misericordia.

La Palabra de Dios nos anima a vestirnos de tierna compasión, recordándonos nuestra identidad como escogidos, santos y amados.

Este revestimiento no es algo superficial, sino una transformación interna que se manifiesta en bondad, humildad, mansedumbre y paciencia hacia el prójimo.

“Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.” (Col 3:12-13, LBLA)

De la misma forma que Dios nos perdonó en Cristo, debemos perdonar a los demás.

Debemos ser misericordiosos con los demás, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre celestial.

Esta actitud implica despojarse de toda amargura, enojo, ira y malicia, para dar lugar a la amabilidad y el perdón mutuo.

La Escritura nos exhorta a ser compasivos y a perdonar a los otros de la misma manera que Dios nos perdonó en Cristo.

“Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia. Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo.” (Efe 4:31-32, LBLA)

Aquella persona que no se siente perdonada regularmente se le dificulta mucho perdonar.

Cuando olvidamos la magnitud del perdón que Dios nos otorgó en Cristo,nuestra capacidad de perdonar se ve limitada por nuestra propia dureza de corazón.

Debemos recordar que el perdn que impartimos debe ser un reflejo del que ya hemos recibido. Como dice la Escritura, debemos ser amables y misericordiosos, perdonándonos unos a otros, así como también Dios nos perdonó en Cristo.

Hoy recordamos las palabras de Jesús.

“Y así como queréis que los hombres os hagan, haced con ellos de la misma manera. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman. Si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo. Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos la misma cantidad. Antes bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad no esperando nada a cambio, y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque Él es bondadoso para con los ingratos y perversos. Sed misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso.” (Luc 6:31-36, LBLA)


Si desea ponerse en contacto con nosotros, llene el formulario de Contacto o escríbanos un correo electrónico a: info@iglesiacasadepaz.org